Y tú, ¿naces o 'floreces'? El inesperado método de los antiguos griegos para situar cuándo vivió un personaje histórico
En la Atenas de Sócrates, tenían 'acné' a los 15, y 'acmé' a los 40.
Cuando Diógenes Laercio —autor de “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”— quiso explicarle al lector en qué época había vivido Heráclito, no optó por señalar su fecha de nacimiento, como es costumbre hoy en día. En su lugar escribió que el filósofo «floreció» (o «alcanzó el apogeo de su vida») durante la 69º olimpiada.
Y es que los griegos situaban la vida de un hombre no por cuándo comenzaba a subir la montaña de la vida, sino por cuándo ‘hacía cima’ en la misma. Era, en parte, una postura filosófica, y en parte una manera de lidiar con dos importantes limitaciones prácticas.
El problema de datar el pasado
Imaginemos por un momento tener que hacer frente al trabajo de un historiador o biógrafo en la Grecia clásica. El primer problema al que se enfrentaban era carecer de una ‘fecha fundacional’ equivalente a nuestro año 1 d.C.: los pueblos helénicos fueron creando sus sistemas de medición temporal por separado, y en su mayoría hacían referencia al mandato de sus propios reyes (lo cual exigía conocer el listado ordenado de los mismos).
Afortunadamente, con el tiempo, fueron capaces de construir un sistema de referencia cronológica común, compartido por todo el mundo helénico: los Juegos Olímpicos. Celebrados cada cuatro años en honor a Zeus, los Juegos eran mucho más que un acontecimiento deportivo: constituían el único acontecimiento verdaderamente panhelénico, y durante su celebración se declaraba una tregua sagrada (ekekheiria) que suspendía incluso las guerras.
Así, cada ciclo de cuatro años recibía el nombre de olympias (ὀλυμπιάς), y la primera se fijó convencionalmente en el año 776 a.C. A partir de ahí, un evento podía situarse diciendo que ocurrió «en la olimpiada 80», o (más concretamente) «en el segundo año de la olimpiada 95», y cualquier griego educado sabría exactamente de cuándo se hablaba.
Pero, incluso con esa referencia disponible, situar la vida de las personas del pasado ofrecía otro obstáculo más: la imposibilidad de consultar un Registro Civil, ni archivos parroquiales, ni documentos de identidad. Y eso hacía que las fechas de nacimiento de las personas —en muchos casos, incluso de las más ilustres— podían ser desconocidas o imprecisas.
Por eso, los biógrafos griegos terminaron desarrollando un concepto (mitad filosófico, mitad biográfico) denominado ἀκμή.
Etimología y consenso
La palabra acmé (ἀκμή) tiene en griego un significado físico muy concreto: el filo de una hoja, la punta de una lanza, el momento álgido de algo que crece y alcanza su punto máximo antes de declinar. Es la misma raíz que encontramos en el prefijo científico acro- (extremo, cima), presente en palabras como «acrópolis» —literalmente, la ciudad en lo alto.
Aplicada a la vida humana, la acmé designaba el momento en que una persona alcanzaba su plenitud, un momento en que un ser humano es lo que está destinado a ser, situado en el espacio intermedio entre la infancia —vista como mero potencial— y la vejez —vista como decadencia—.
Pero si el término designaba el momento de plenitud, ¿a qué edad se situaba? Los griegos lo situaron a los cuarenta años. Pero este consenso no era arbitrario, sino que respondía a una específica articulación por fases de la vida humana.
Aristóteles, en su Retórica, situaba la acmé física hacia los treinta y cinco años y la intelectual algo más tarde. Solón, el gran legislador ateniense, desarrolló en sus poemas una división de la vida en décadas, situando la madurez plena entre los cuarenta y los cincuenta. Como vemos, existía cierta variación, pero el núcleo del consenso gravita siempre en torno a los cuarenta años como referencia canónica para los biógrafos.
Esta convención tenía una ventaja práctica decisiva: si se sabía que alguien «floreció» en la olimpiada 80 (460–457 a.C.), se podía deducir que nació aproximadamente en el año 500 a.C. y que probablemente murió en torno al 420 a.C. Un solo dato —más fácil de verificar que la fecha de nacimiento, porque se hacía eco de cuándo esa persona había actuado como personaje público— permitía reconstruir la cronología completa de una vida.
¿El precio? Arriesgarse a una ligera inexactitud de unos pocos años en el cálculo.
Por qué importaba más que el nacimiento
Pese a lo que dije más arriba, sería un error ver en este sistema simplemente una respuesta pragmática a la falta de registros (aunque, sin duda, lo fuera), porque la preferencia por la acmé sobre la fecha de nacimiento refleja también una filosofía de la identidad humana distinta a la nuestra.
Para la mentalidad moderna —presa de la burocracia del Estado-nación— la identidad de una persona se ancla en su origen: dónde y cuándo naciste define quién eres. El nacimiento es el punto cero de la vida, y el tiempo se cuenta desde ahí.
Los griegos pensaban de otra manera. Para ellos, lo que hacía a alguien digno de ser recordado no era su origen, sino su ergon o función. Un filósofo existía, en el sentido pleno, cuando filosofaba. Un general existía cuando comandaba ejércitos. La acmé era el momento en que el potencial se convertía en acto, en que el ser humano realizaba su telos, su finalidad.
Era el mismo concepto central en que se basaba la metafísica aristotélica: el movimiento de la potencia al acto. La acmé era el acto pleno, el momento en que la posibilidad se había realizado por completo.
El ejemplo de Diógenes Laercio
Uno de los mejores recursos para estudiar este sistema es la monumental obra ya mencionada de Laercio, escrito en el siglo III d.C. y que nos ha transmitido lo que sabemos de decenas de pensadores griegos. En ella, el autor aplica este método a Heráclito y Parménides, cuyas acmé sitúa en ambos casos «en la olimpiada 69» (es decir, entre los años 504 a.C. y el 501 a.C.). En algunos casos, en los que se dispone de menos información, se opta por la datación relacional; así, Demócrito «era joven cuando Anaxágoras era viejo».
Sin embargo, cuando la fecha de muerte de un filósofo era famosa —como en el caso de Sócrates, ejecutado judicialmente con gran polémica en el 399 a.C.— el biógrafo podía anclar su cronología ahí. Pero eran los casos excepcionales: la norma era la acmé.
¿El fin de un sistema?
Este sistema de datación biográfica subsistió, al menos, hasta que el emperador romano Teodosio I suprimió los Juegos por decreto en la olimpiada 293 (más concretamente, en el año 393 d.C.). Los escritores posteriores siguieron usando las olimpiadas pasadas como referencia histórica como nosotros usamos «antes de Cristo», un sistema que aún tardaría dos siglos más en crearse y bastantes más en popularizarse.
Sin embargo, el concepto de acmé tuvo una vida mucho más larga. Pasó al latín, influyó en la biografía medieval —que heredó muchas de las convenciones de Diógenes Laercio— y siguió latente en el pensamiento occidental. En el Renacimiento, la noción de que el artista alcanzaba su «maniera» plena en torno a la madurez media era un lugar común de la crítica biográfica. Vasari, al escribir las Vidas de los artistas, trabaja con una lógica similar a la de Diógenes Laercio: lo que importa es cuándo el artista dio su mejor obra, no cuándo nació.
[Escribí este artículo hace unos días, coincidiendo —mira tú qué cosas— con mi cuadragésimo día del nombre. Si quieres hacerme un regalo, puedes añadir a tus Favoritos y/o a tu lector de feeds mi nuevo blog Tò Sēmeîon, dedicado a la teología y la filosofía].





