"Las manos del rey curan": la conexión de Aragorn con los reyes de Francia
A lo largo de su reinado, Carlos II de Inglaterra impuso las manos a uno de cada 50 ingleses, enfermos que acudían a él convencidos de que el simple roce de sus dedos curaba su dolencia
En el libro de El retorno del rey, tras la sangrienta batalla de los Campos del Pelennor, tres heridos agonizan en las Casas de Curación de Minas Tirith bajo el ‘Hálito Negro’ de los Nazgûl: Faramir, Éowyn y Merry. La medicina convencional no puede hacer nada por ellos. Entonces tiene lugar la siguiente escena:
En aquel momento entró el herborista.
—Vuestra Señoría ha pedido hojas de reyes, como la llaman los rústicos —dijo — , o athelas, en el lenguaje de los nobles, o para quienes conocen algo del valinoreano...
— Yo lo conozco —dijo Aragorn — , y me da lo mismo que la llames hojas de reyes o asea aranion, con tal que tengas algunas.
— ¡Os pido perdón, señor! —dijo el hombre — . Veo que sois versado en la tradición, y no un simple capitán de guerra. Por desgracia, señor, no tenemos de estas hierbas en las Casas de Curación, donde sólo atendemos heridos o enfermos graves. Pues no les conocemos ninguna virtud particular, excepto tal vez la de purificar un aire viciado, o la de aliviar una pesadez pasajera. A menos, naturalmente, que uno preste oídos a las viejas coplas que las mujeres como la buena de loreth repiten todavía sin entender.
»”Cuando sople el hálito negro / y crezca la sombra de la muerte, / y todas las luces se extingan, / ¡ven athelas, ven athelas! / ¡En la mano del rey / da vida al moribundo!”
»No es más que una copla, temo, guardada en la memoria de las viejas comadres. Dejo a vuestro juicio la interpretación del significado, si en verdad tiene alguno. Sin embargo, los viejos toman aún hoy una infusión de esta hierba para combatir el dolor de cabeza.
—¡Entonces en nombre del rey, ve y busca algún viejo menos erudito y más sensato que tenga un poco en su casa! —gritó Gandalf.
Poco después, una vez que Aragorn manipula las hojas de Athelas y expone a Faramir a su fragancia, ocurre esto:
De pronto Faramir se movió, abrió los ojos, y miró largamente a Aragorn, que estaba inclinado sobre él; y una luz de reconocimiento y de amor se le encendió en la mirada, y habló en voz baja.
—Me has llamado, mi Señor. He venido. ¿Qué ordena mi rey?
—No sigas caminando en las sombras, ¡despierta! —dijo Aragorn—. Estás fatigado. Descansa un rato, y come, así estarás preparado cuando yo regrese.
—Estaré, Señor —dijo Faramir—. ¿Quién se quedaría acostado y ocioso cuando ha retornado el rey?
—Adiós entonces, por ahora —dijo Aragorn—. He de ver a otros que también me necesitan. —Y salió de la estancia seguido por Gandalf e Imrahil; pero Beregond y su hijo se quedaron, y no podían contener tanta alegría. Mientras seguía a Gandalf y cerraba la puerta, Pippin oyó la voz de loreth.
—¡El rey! ¿Lo habéis oído? ¿Qué dije yo? Las manos de un sanador, eso dije. —Y pronto la noticia de que el rey se encontraba en verdad entre ellos, y que luego de la guerra traía la curación, salió de la Casa y corrió por toda la ciudad.
En la versión de la película estrenada en cines no pudimos ver ninguna referencia a esto, e incluso en la Versión Extendida de la misma no pudimos ver más que el momento en que Aragorn sana a Éowyn, si bien no se proporciona ninguna información sobre la vertiente milagrosa y/o de legitimación monárquica del hecho:
Ya en el primer libro, La Comunidad del Anillo, lo vemos usar athelas para frenar el avance de la herida de Morgul de Frodo. Pero es en las Casas de Curación donde queda claro lo que una curación a sus manos significa: la hierba y el don funcionan porque Aragorn desciende de la estirpe de Númenor —y, más atrás, de Lúthien y los linajes élficos asociados a grandes poderes de sanación—. Dato relevante: Aragorn sana antes de ser coronado, y la curación es la credencial que justifica la corona.
Pero lo relevante de esta escena radica en que Tolkien no se la inventó de la nada: durante casi ochocientos años, los reyes de Francia e Inglaterra fueron considerados sanadores literales, capaces de curar una enfermedad con el simple roce de sus manos. Y a dicho fenómeno dedicó Marc Bloch uno de los libros de historia más influyentes del siglo XX.
La leyenda real: el “toque real” y el “mal del rey”
En la Edad Media existía una enfermedad llamada escrófula (hoy en día sigue existiendo, aunque más conocida como linfadenitis cervical micobacteriana) que hinchaba y ulceraba los ganglios del cuello con llagas supurantes y de aspecto repugnante. Era común, crónica y desfigurante. En francés se la llamó écrouelles (del latín scrofa, “cerda”, por lo desagradable de los síntomas) y, he aquí el detalle notable, recibió en varias lenguas el sobrenombre de “mal del rey”, pues se creía que solo un rey podía curarla.
El ritual, conocido como el toque real era sencillo y solemne a la vez: el monarca rozaba con sus manos desnudas las llagas del cuello del enfermo y trazaba sobre él la señal de la cruz, a menudo pronunciando una fórmula consagrada: la más célebre, “Le roi te touche, Dieu te guérit” (”el rey te toca, Dios te cura”), está documentada desde el siglo XVI. Ante los muchos casos en que la cura finalmente no llegaba, la fórmula derivó con el tiempo hacia el subjuntivo —“Dieu te guérisse”, “que Dios te cure”—, convirtiendo la afirmación en plegaria.
En Inglaterra, al enfermo tocado se le colgaba del cuello una moneda de oro bendecida, que se conservaba como amuleto; Shakespeare describe la costumbre en Macbeth, cuando retrata al santo rey inglés curando a los enfermos “colgándoles una medalla de oro al cuello”.
¿De dónde venía el poder? De la realeza sagrada. El rey medieval no era un hombre cualquiera: en su coronación era ungido con óleo santo —en Francia, el crisma de la Santa Ampolla que, según la leyenda, una paloma había traído del cielo para el bautismo de Clodoveo en Reims—. Esa unción lo convertía en intermediario entre Dios y su pueblo, y de ahí derivaba su capacidad taumatúrgica. Curar, bendecir y reinar pertenecían a la misma lógica: el rey sanaba porque reinaba, y reinaba porque estaba investido de un poder sagrado.
Los orígenes son borrosos y disputados: en Francia, la tradición se remontaba legendariamente a Clodoveo, pero como don hereditario suele atribuirse a Roberto II el Piadoso (hacia el año 1000); el primer testimonio sólido lo da el cronista Guibert de Nogent, que dice haber visto a Luis VI el Gordo curar escrofulosos, y precisa que su padre, Felipe I, ya lo hacía. Más tarde, Luis IX —San Luis— convirtió el gesto ocasional en rito periódico y se convirtió en la imagen misma del rey sanador.
En Inglaterra, la tradición se atribuía a Eduardo el Confesor (rey hasta 1066), el santo monarca anglosajón, aunque el primer testimonio claro no aparece hasta la época de Enrique II. Las dos coronas se disputaban la primacía: los franceses negaban que Eduardo hubiera ejercido el don y acusaban a los ingleses de imitar un milagro que era exclusivamente francés. Fueron, de hecho, las dos únicas monarquías cristianas que reclamaron tal gracia divina (ni siquiera los propios Borbones, una vez que ascendieron al trono español, continuaron la costumbre en nuestro suelo).
Normalmente, estas curaciones se convertían en ceremonias públicas y multitudinarias: Luis XIII tocó a 2.210 personas en 1611; Luis XIV imponía las manos a más de mil enfermos en una sola sesión. En Inglaterra, Carlos II batió todos los récords: a lo largo de su reinado tocó a unas 90.000-100.000 personas, cerca del 2 % de la población del país. Acudían enfermos de toda Europa, e incluso del Nuevo Mundo.
¿Por qué se creía que funcionaba? En buena medida porque, a veces, parecía funcionar: la escrófula es una enfermedad que cursa por brotes y puede remitir espontáneamente. Una mejoría natural, atribuida al toque, alimentaba la fe en el milagro, y la fe alimentaba la afluencia de enfermos.
El declive llegó con la Ilustración y el racionalismo. En Inglaterra, Guillermo de Orange se negó a practicarlo (a quien le pedía el toque, respondía deseándole “mejor salud y mejor juicio”); la reina Ana fue la última en hacerlo —entre los niños que tocó, hacia 1711, estaba el futuro lexicógrafo Samuel Johnson, a quien no curó—. Con la llegada de los Hannover en 1714, los nuevos reyes, ajenos a la “raza sagrada” de los Estuardo, abandonaron el rito.
En Francia, Luis XV dejó de practicarlo de hecho tras 1739; Luis XVI lo resucitó en su coronación de 1775. La última vez en toda Europa fue el 31 de mayo de 1825, cuando Carlos X, dos días después de su sacre en Reims, tocó a unos ciento veinte escrofulosos en un intento de reanudar la tradición del Antiguo Régimen. Pero, para entonces, el gesto ya provocaba más escepticismo y burla que devoción: el mundo del rey sanador había terminado.
Marc Bloch y Los reyes taumaturgos
A esta historia dedicó el historiador francés Marc Bloch su obra de 1924 Los reyes taumaturgos, subtitulada ‘Estudio sobre el carácter sobrenatural atribuido al poder real, particularmente en Francia e Inglaterra’. El libro es considerado un hito: con él, Bloch (fusilado por la Gestapo en 1944, y cofundador de la Escuela de los Annales) introdujo en la historiografía la historia comparada, la antropología histórica y, sobre todo, la historia de las mentalidades.
A Bloch lo que le interesaba era comprender por qué generaciones enteras creyeron firmemente que las manos del rey curaban. El milagro, sostiene, no creó la creencia: fue al revés. En sus palabras, nadie habría pensado siquiera en proclamar el milagro si la gente no estuviera ya habituada de antemano a esperar precisamente milagros de sus reyes. Existía una “representación colectiva” previa —la convicción de que la realeza era sagrada— y el rito del toque vino a confirmarla y alimentarla, no a fundarla. El poder de curar era la manifestación visible de una idea invisible: la del rey como ser sobrenatural, distinto del resto de los mortales.
De Minas Tirith a Reims
Y aquí es donde entra Tolkien, un medievalista profesional —catedrático de anglosajón y de lengua y literatura inglesas en Oxford— que conocía a fondo precisamente estas tradiciones. El motivo del rey sanador es un préstamo deliberado del imaginario medieval que él dominaba. De hecho, los paralelismos son demasiado precisos para ser fortuitos:
La curación como prueba de legitimidad. El núcleo es idéntico en ambas leyendas. El don no es solo terapéutico: autentifica al rey verdadero, pues la gracia de curar era la señal visible de la elección divina, de un derecho a reinar superior al de los demás hombres. Sanar era demostrar que se tenía derecho al trono.
El poder reside en la persona, no en el remedio. Athelas es hierba para jaquecas en cualquier mano y milagro en la del rey; la moneda de oro inglesa no cura por sí misma, sino porque la entrega una mano ungida. En ambos casos, la virtud está en el cuerpo sagrado del soberano, no en la sustancia.

La unción y la legitimidad sagrada. El toque real era inseparable del sacre (la unción + coronación del nuevo rey): el rey adquiría su poder taumatúrgico al ser ungido con el óleo santo. Tolkien invierte ligeramente el orden —Aragorn sana antes de ser coronado—, pero con la misma función: la curación es la unción simbólica que justifica la corona que vendrá después.
La sabiduría popular que conserva la profecía. En Tolkien, quien recuerda el viejo dicho no es un sabio ni un noble, sino Ioreth, una anciana sanadora del pueblo; el saber sobrevive como ripio medio olvidado entre la gente humilde. Es justo el mecanismo que describe Bloch: la creencia en el rey milagroso vivía en las “representaciones colectivas” del pueblo, en lo que la gente común esperaba y transmitía de generación en generación. La profecía precede al rey y permite reconocerlo.
La raíz inglesa. No es menor que la tradición inglesa del toque se atribuyera a Eduardo el Confesor, el santo rey anglosajón —exactamente el tipo de figura ideal que Tolkien admiraba— y que Shakespeare la pusiera en escena en Macbeth.
En el mundo real, el rey sanador se extinguió: la Ilustración disolvió el encantamiento y el último toque, el de Carlos X en 1825, fue acogido con sorna. Tolkien, en cambio, escribe en pleno siglo XX un retorno del rey que restaura precisamente ese ideal sagrado y arcaico que la modernidad había enterrado. Buena parte de su mito es un acto de recuperación nostálgica de un mundo encantado, anterior al desencanto racionalista (el de los eruditos insensatos de los que hablaba Gandalf), y pocas imágenes lo encarnan mejor que la del rey cuyas manos curan.





